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Me desperté tranquilo. Una suave brisa y el aroma de los pinos me abrazaban. La mañana era tranquila y comencé a caminar despacio, buscaba un arbusto que había descubierto la semana pasada lleno de sabrosas bayas. Tras una rato caminando oí algo extraño. Me detuve de golpe. Miré a mi alrededor y no vi nada. Continué caminando, mordisqueando algunas raíces. De pronto un silvido surcó el aire. Un dolor intenso me quemaba la garganta. Escupí sangre y caí al suelo.

Un hombre robusto se acercó al ciervo abatido. Era un ejemplar hermoso, una gran presa. Los dioses habían sido generosos. Se acercó, le abrió el pecho con un cuchillo y le extrajo el corazón. Lo colocó sobre un tocón del bosque.

  • Gran señor del bosque, gracias por dejarme comer a este animal, mi hermano. Con esta ofrenda espero reponerte.

El hombre cogió su presa y se fue a su aldea.

Calor, calor y más calor. Eso es lo único que puede procesar mi cerebro en estos días. Un calor asfixiante, que te va derritiendo las células del cuerpo poco a poco. Un calor pegajoso, tropical, ecuatoriano, venusiano, solar. Mi mente se enlentece y todo el cuerpo se va aletargando. La camiseta se pega como un trapo viejo y húmedo.

La calle es una especie de parrilla donde los valientes se van cociendo en su jugo. Quedando como las gambas, como los cangrejos, rojos escarlata. Así es el verano, calor, sudor y quemaduras. De pequeño a éso le añadías bicicletas, tiritas y piscina todo el día. Pero con la edad la bicicleta se convierte en una fábrica de sudor, la piscina sólo es para cuando ya se han ido los niños y las tiritas ya no son necesarias.

Calor, calor y más calor. Un palabra que se me va clavando en los pensamientos y me vence poco a poco. Ni las más fresca imagen de un gran glaciar en las montañas más altas puede evitar sentir este calor pegajoso. Y no hay refugios, quizás el coche. Ese lugar donde hay unas letras mágicas, A/C. Y empiezas a vagar sin rumbo, con la ilusión de no tener que detenerte nunca. De seguir en el frescor del coche.

Pero llega un momento especial, el sol se rinde por fin. Deja de avasallarnos con sus rayos y logramos una pequeña tregua. La noche, fresca, serena. Sales a la calle y te dejas llevar. Tus pies comienzan a responder, las células de tu cuerpo se van despertando, vuelven al estado sólido. Te sientas un rato en un banco. Miras al cielo, no hay sol, sólo estrellas. Un pequeño golpe de aire fresco te acaricia la cara. Lo has conseguido, has pasado otro día. El glaciar ya tiene hueco en tu mente, el sol se ha rendido. Pero sólo ha sido por unas horas. Sabes que mañana será igual. Es verano.

La luna se reflejaba en las aguas del lago, mientras un profundo silencio, denso, empapaba el ambiente. Los grandes abetos se movían como elegantes y lentos gigantes. Por encima de ellos las tintineantes estrellas inspiraban otros mundos más allá de la transparente atmosfera. La no existencia de ningún ser humano a menos de 40 km me creaba una sensación de soledad y excitación indescriptible. La barca donde meditaba, vieja y hecha con tablones medio carcomidos, se balanceaba sobre la insondable profundidad del lago. La belleza poética de la noche, con su frío abrazo del norte, me reencontraba con la creación, con la vida. Mi apesadumbrada alma renacía un millon de veces cada segundo. Solo la contemplación de semejante espectáculo expiaba mis pecados, los pecados de la humanidad.

De pronto el silencio se hizo más intenso. Un silencio que resonaba en mis oídos. Un silencio áspero que recordaba la fragilidad del ser. Mi cuerpo rechinó y me conbulsioné. Caí de espaldas sobre los tablones roídos. Entre mí y la profundidad oscura del lago solo había un par de centímetros de vieja madera de arce. Una profundidad infinitamente mayor se alzaba ante mis ojos. Una profundidad de millones de estrellas, de distancias inimaginables. Entonces fue cuando una bocanada de aire se escapó de mis pulmones, un aire ardiente, con un cierto sabor amargo.

No volví a inspirar hasta pasados unos segundos, creo, pero sentí como si hubiera estado una eternidad sin respirar. Estaba muerto, viajando entre las estrellas, luchando contra mis demonios, contra los demonios de todos los seres vivos. Cuando volví a respirar, una paz me inundo. Un calor especial recorría cada centímetro de mi cuerpo, el frío viento del norte ya no me afectaba. Tumbado en mi miserable barca, con la mirada perdida entre los mundos de más allá de la imaginación humana me llené de piedad, de misericordia por todos los seres del planeta, por todos los seres del universo.

La luz empezó a salir por el este. Tímidos rayos recortaban la figura de los colosos nevados, me levanté y dí las gracias. Días después volví a la ciudad, pero ya era diferente, yo era otro. El lago me había cambiado.